ÚLTIMOS DÍAS PARA LAS INSCRIPCIONES PARA NUESTRO NUEVO ROL EN VIVO: Primavera del año 351 post cataclismo. Los ejércitos de la oscuridad encabezados por los jinetes de los dragones van conquistando una a una las regiones de Ansalon con mayor o menor resistencia. + INFO
El sonido neumático era incesante. Constantemente pasaban máquinas de aquí para allá, cargando en una de las aeronaves un montón de cajas. Una mirada desde los prismáticos mostraba la confianza con que Skynet preparaba todo el envío. + INFO


El humo se colaba por el suelo metálico, que no era otra cosa que una inmensa y tupida celosía de hierro. Un robot de servicio, cuyo tipo de modelo era el S-101, y se movía rapidamente por la planta. A cada lado, docenas de brazos robóticos ensamblaban sin cesar las piezas de diferentes máquinas, la mayoría de ellos T-650.
El S-101 avanzaba a toda velocidad entre otras máquinas, aprovechando que su modelo llevaba ruedas. Cargaba una caja metálica, en la que se encontraba una de las piezas clave para el siguiente proyecto en el que Skynet trabajaba. Dobló un recodo, llegando hasta unas dobles puertas; se identificó conectándose a ellas, y las franqueó. En el interior de la estancia, un robot antropomórfico trabajaba sobre una mesa en algo. Un esqueleto metálico, semejante a los T-650, totalmente inmóvil. Era más grande, y divergía de la próxima serie 700 porque su chasis era mucho más oscuro, casi negro.
Se acercó hasta la caja metálica y extrajo un microchip de su interior, que conectó en algún lugar del torso. Una luz amarilla en las cuencas oculares puso de manifiesto que la criatura se encontraba operativa.
-El nuevo prototipo ha sido creado.- Exclamó el robot, mientras observaba a su creación. -Iniciando la fase de pruebas.-

Un día mas había pasado. El sol se ponía lentamente, tiñendo con una luz rojiza todo el páramo en el que se había convertido la ciudad. Sobre el suelo se alzaban, ruinosos, muchos edificios de la antaño bulliciosa Forgan. Aquel día, las máquinas habían abierto fuego sobre la zona, y algunos de los otrora interesantes lugares aún permanecían ardiendo. En la carretera, la antigua ruta 64, se agolpaban cientos de coches convertidos en chatarra. La mayoría de ellos estaban en un estado lamentable, aunque llevaba a cabo una revisión rápida pero concienzuda para tratar de encontrar cualquier recurso. Nunca se sabía. Algunos vehículos aún tenían los esqueletos de sus propietarios. Habían pasado muchos años, y aún no terminaba de acostumbrarme a ello.
El rojo del cielo fue dando paso a tonos violetas, que luego a su vez se hicieron azules. En mi camino hacia el este había una furgoneta estrellada, pero con la cabina parcialmente intacta. Me metí en ella y con un quejido herrumbroso cerré la puerta de golpe. Salté a la parte de atrás, y me puse todo lo cómodo que pude. De mi petaca, bebí unas gotas. El agua corrió ardiente por mi garganta, aliviando la sequedad y arrastrando todo el polvo acumulado del caminar. Entre los asientos, había mucha ropa, como si alguien hubiese abierto apresuradamente una maleta. Je. No podía evitar sonreir.
Apenas quedaba luz en el exterior, y se hacía imposible ver con claridad. Toqué en la parte de arriba, y sorprentemente se encendió. ¡Aquel coche aún tenía algo de batería! Extendí la mano hacia la radio. "Click", y el ruido de fondo comenzó a hacerse audible. Pero parecía que había algo. Moví el sintonizador, tratando de aclararlo. Tras varios segundos de un lado a otro, caí en la cuenta de que no había nada. Como siempre, no había nada. No pude evitar sentirme un estúpido por intentarlo. Miré con frustración a la radio, y dirigí mi brazo para apagarla. En aquel momento, el sonido se aclaró:
*** Escuchad atentamente: si escucháis este mensaje, ahora sois la resistencia. Hemos descubierto un laboratorio avanzado de Skynet y estamos preparándonos para asaltarlo. Si sois humanos, sabréis dónde buscar y cómo encontrarnos. Soy John Connor. ***

La lluvia caía salvajemente en el exterior de la tienda, los últimos días no habían sido precisamente primaverales ya que las tormentas habían ido aumentando en fuerza lo cual no había ayudado a que el humor de la Señora del Dragón fuera precisamente el mejor. Un joven mensajero con más miedo que vergüenza se acercó a la tienda de campaña cruzándose en el umbral con un soldado que salía sonriente mientras se terminaba de colocar la armadura
- ¿Mi Señora da su permiso?
- Adelante.- dijo escuetamente.
Kitiara se encontraba desnuda sobre su catre finalizada la “entrevista” con su nuevo teniente, sus rizos pegados a su cara dejaban ver en su rostro que no era el mejor momento para darle malas noticias, pero haciendo de tripas corazón, el mensajero entró en el interior de la tienda intentando no mirar nada que no fuesen los ojos de la mujer que con tranquilidad se dedicaba a taparse, más por no pasar frío que por pudor.
- Traigo noticias de la frontera de Lemish, hemos perdido un nuevo convoy y se rumorea que los esclavos de las minas de Elmwood piensan sublevarse. En el último ataque hemos perdido al menos diez hombres y un aurak, el cual al morir destruyó totalmente el cargamento que llevaban, comida para dos semanas así como un gran número de armas.
- ¡Ya está bien! No podemos seguir permitiendo este tipo de situaciones, ve a buscar a Kahn y que venga inmediatamente hasta mi.- gritó mientras lanzaba una de sus botas a la cabeza del pobre mensajero.
- Si mi señora- dijo el mensajero dejando caer su misiva, mientras salía corriendo por la puerta evitando así la ira de la general.
Pasados unos minutos y mucho más tranquila y relajada, la Señora del Dragón se encontraba revisando los mapas de Solamnia sobre su escritorio cuando fue de nuevo interrumpida.
- Mi Señora, ¿me habías hecho llamar?- preguntó Khan.
- Sí, pasa y siéntate. He pensado en ti para una nueva misión, pero antes… ¿Cómo llevas tu problema con las transmutaciones?
- Estoy trabajando en ello, tengo que conseguir una serie de cosas todavía para poder terminar de regresar a la normalidad, de momento puedo transformarme por apenas unos segundos, pero en poco tiempo habré acabado con el problema de raíz, puedes estar segura.
- Bien, espero que estés repuesto del todo pronto porque serás necesario para el ataque a la Torre del Sumo Sacerdote. Pero para lo que tengo en mente, no es necesario que estés al cien por cien. He recibido noticias de la frontera de Lemish, hay una panda de inútiles en Elmwood que no hacen más que sacarme de quicio. Quiero que vayas allí y acabes con todo esto. Preséntate ante Joseph Goldriver, es el gobernador y ayúdale a cortar la cabeza de esta rebelión, me da igual lo que hagáis como si torturáis a la población al completo, pero todo indicio de rebelión debe ser sofocado.
- Si señora, no se arrepentirá de enviarme-
"(..)por piedad, su excelencia, necesitamos del auxilio de toda fuerza que nos pueda ayudar de la Casa de Raël. Nos están cazando. No sabemos cuanto más podremos resistir"
La carta estaba firmada por Aulric Lëridan, uno de tus banderizos, convertido por uno de tus hijos hace ya mucho tiempo, y eso le hacía uno de los tuyos.
Arrugaste el mensaje y lo arrojaste al fuego de la chimenea mientras la sangre palpitaba con fuerza en tus sienes. Ya era la tercera vez que atacaban tus tierras en lo que iba de decana, pero nunca habían bajado tan al sur. Ni se habían atrevido con una de tus fortalezas.
Te levantaste pausadamente, y miraste severamente a tu sirviente personal.
-Haz que se prepare la guardia del Lobo. Partiremos inmediatamente hacia el Pico Quebrado-
Desde Everian, la capital de tus dominios, tardarías al menos dos días en llegar. Esperabas que fuese suficiente para poner fin a las incursiones de los norteños de Eleria.
El viaje fue monótono y tranquilo, pero durante todo el camino sentiste un creciente desasosiego. Según os acercábais a las montañas que separaban tu tierra, y toda Valadia, de la de Eleria, los campos de cultivos y el robledal fueron dando paso a zonas mucho más duras y agrestes, donde los caminos apenas eran transitables y en muchos recodos la maleza se había adueñado del lugar. En vuestro caminar, ya en las faldas que daban al Pico Quebrado, os encontrásteis con un pequeño grupo de viajeros que huían del lugar; eran humanos, y tal como su condición dicataba, era de esperar su cobardía. No llevaban prácticamente equipaje, parecía que habían luchado:
-Humanos, de dónde venís-
-Venimos de la fortaleza que guarda el Pico Quebrado, su Excelencia- Un hombre con las mejillas hundidas se apresuró a responder. Todos ellos se habían puesto de rodillas ante el paso de vuestros caballos.
-¿Cómo está la situación?- Le preguntaste, sin siquiera desmontar
-Excelencia, el Pico Quebrado está... Es una tumba.- Aquellas gentes se miraban entre sí nerviosos, y lanzaban miradas furtivas a la espesura de los alrededores.
-¿Y qué fué de los vampiros que allí estaban?-
-La mayoría fueron muertos, excelencia. Vimos con nuestros propios ojos como esos salvajes se abrían camino a hachazos entre nuestra gente y...-
-Así que abandonásteis a vuestros señors como ratas.- Intervino uno de tus lugartenientes -Sólo por eso, por no haber dado vuestra vida por proteger a quienes debéis vuestra existencias, seréis enviados a las minas de Puño de Hierro- Comenzó a desmontar. Un niño, abrazado a una mujer, comenzó a sollozar.
En ese momento, un mitad de la noche, pero muy cerca del camino, un lobo aulló. Desenfundé mi espada, ya los sentía cerca. Les enseñaría cómo era un lobo de verdad.
Recuerdos de Marius Raël
Por primera vez en muchas semanas, salí para comprobar cómo se desarrollaba uno de nuestros proyectos. Oficialmente, éste era el sujeto 10, pero yo símplemente lo llamaba X por su numeración tatuada. El resto de mis súbditos, de aquellos que conocían el alcance del proyecto Engendro, no habían depositado esperanza alguna en que llegase a buen puerto. No creían que las fuerzas nigrománticas que éramos capaces de convocar pudiesen afectar en modo alguno a un ser que ya estaba muerto para dotarlo de una nueva existencia.
Necios todos, y por ello esta puesta en escena especial. No pude evitar esbozar una sonrisa perversa.
La luz de mi candil proyectaba tenues sombras mientras avanzaba por el estrecho corredor. Al final del trayecto, una pequeña abertura, apenas un saetero al que se accedía desde uno de los muchos pasillos secretos que tenía el castillo. Apagué la luz, y me acerqué al hueco para observar, teniendo cuidado de no ser visto.
Desde mi situación podía ver uno de los conductos interiores del castillo. Es lo bastante grande como para que una carroza tirada por dos caballos pueda avanzar a buen paso, y cruza el castillo de una parte a otra. En ese momento se acercaba una pequeña comitiva compuesta por cuatro soldados y algunos hombres que avanzaban entre ellos. Todos eran vampiros, de mi casa. Varios de ellos sabían del proyecto Engendro, y lo habían despreciado. Marchaban hablando sobre diferentes asuntos del gobierno del ducado, conspirando contra otros vampiros notables y planificando otros aspectos de la administración del territorio.
Entonces, uno de los soldados que avanzaba por delante de los magistrados, hizo una señal para que todos se detuviesen: una figura les cortaba el paso. De tamaño y aspecto humanoide, portaba una armadura totalmente blanca. El yelmo también era blanco, y esbozaba un rostro macabro, como el de un esqueleto. Las hoquedades de los ojos eran resaltadas por sendas marcas negras por encima y debajo. En cada mano una espada, también blanca. En el pecho, sólo una marca: X.
-Eh, tu, apártate del camino. Los magistrados se dirigen hacia una importante reunión y estás estorbando- Comenzó uno de los soldados vampíricos.
X ni se inmutó. Con el yelmo, no se le veían los ojos y era difícil imaginarse sus verdaderas intenciones.
-¿No me has escuchado?- El soldado se acercó. -Ya te he dicho que te apartes- Levantó su mano para empujar al desconocido que les cerraba el paso. -No me obligues a...- Antes de que pudiese terminar la frase, su brazo, desde la altura del codo cayó al suelo. Una de las espadas de X había cercenado el miembro y la hoja se hallaba teñida de rojo. Un segundo después, X enterró su otra espada en las entrañas del desdichado soldado.
-¡Ggghhhaaaaaaaaaaaa!- Con un grito, la espada asomó por el otro lado. De un solo movimiento, la sacó, cortando huesos y entrañas a partes iguales. El soldado se desplomó, partido en dos, tendido como un muñeco sobre el suelo.
Aún sin salir de su asombro, los soldados restantes rodearon a X mientras lo apuntaban con sus espadas. El engendro, sin embargo, atacó sin más reparos con un sinfín de estocadas y golpes. Uno de los soldados retrocedió para tratar de aguantar el embite, pero X lo siguió, empujándolo hasta la pared. Las espadas entrechocaban constantemente, y despedían chispas. Con un movimiento arriesgado, se volvió sobre sí mismo y cruzó las dos espadas hasta uno de los otros soldados. Con un golpe seco, la cabeza se estrelló contra el suelo, separada de su cuerpo.
A esas alturas, varios de los magistrados habían huído, sólo uno de ellos quedaba allí, atrapado entre los soldados restantes y el engendro. El hombrecillo apenas articulaba palabra alguna, y sus ojos se veían llenos de terror. Me costó no carcajear en ese momento. Justamente él fué uno de los que más problemas me dió para sacar adelante el proyecto. X remató a los soldados con dos giros bruscos de muñeca. Se volvió hacia el magistrado, que retrocedía patéticamente en la quietud de la galería. En ese momento, algo en su mirada cambió.
-Tu... ¡Tu!- Acertó a decir. Sus brazos, encogidos, se extendieron para señalar al engendro. -¡Tu eres... Aaarghhhhhh...!- Las espadas de X comenzaron a cortarlo.
Me di la vuelta, y comencé a alejarme de la saetera. Encendí el candil, y emprendí el camino de vuelta hasta mis aposentos, en un silencio, sólo roto por los gritos de los restantes magistrados al ser cazados por X...
Esta noche, había sido finalmente muy productiva.
Recuerdos de Viktor Kranion
Aquella noche era especial; se olía en el mismo aire. Me perfumé y vestí con uno de mis mejores vestidos, y con mi imagen de fondo en un espejo fui perfilando todos los matices de mi hermoso rostro con el maquillaje. Me daba igual lo que el resto de los primeros opinasen, yo ya era una dama, como ellos. Y me preparaba para la situación.
Abrí la puerta que daba paso a una de las estancias en la que nos habíamos acostumbrado a reunir durante las últimas noches. Entré sin más, y sin hacer anuncio de mi llegada. Al cruzar bajo la puerta, no pude sino esbozar una sonrisa burlona ante las miradas de odio que, como cada vez, los demás me dedicaban por entrar y sobresaltarles. No me importaba en absoluto sus pensamientos, sólo el hecho de estar allí ya era un insulto para su patético sistema de gobierno.
Avancé hasta la silla que me estaba reservada, con pasos cadenciosos como sólo una mujer hermosa puede llevar para despertar el interés de los demás, y tomé asiento. Empezaron a hablar de las batallas que estaban por venir, de cómo bordear las montañas para llegar hasta la capital de Valadia. De lo que sucedería ahora que Kain se había marchado. Yo escuchaba en silencio lo que se decía, preocupada solamente por un asunto: Los tesoros que dejó atrás el Padre. De hecho, ya me había puesto manos a la obra, encargando a dos de mis mejores esclavos el asunto para obtener ventaja frente al resto. Mientras los demás hablaban, yo sonreía con malicia pensando en mi propia astucia al haberme anticipado. Ellos respetaban todo lo que tenía que ver con Kain prácticamente hasta la veneración; especialmente con toda aquella charlatanería de la zorra de Dalia Messor. Así que esto era una oportunidad de hacerme con más que los demás.
Me hallaba sumida en estos y otros pensamientos cuando unos golpes tocaron en la puerta. Los ojos de Markus Áqueron se volvieron rojos de la ira al comprobar que un miserable humano se atrevía a interrumpir vuestra reunión. Este tipo de situaciones te divertían, pero no pudiste evitar una carcajada cuando reconociste el rostro afilado del hombrecillo menudo que asomaba. Era uno de tus esclavos. Te levantaste sin más y te dirigiste fuera para hablar con él.
-Mi señora, hemos actuado tal y como nos encomendó...- Hablaba en susurros y, tal como estaba mandado, no te miraba a los ojos.
-Y bien- Te apresuraste a cortar el balbuceo sin sentido -Cuéntame que habéis hallado.-
-Esto, mi señora.- Y de entre los pliegues de sus ropajes asomó un objeto metálico, deslucido. Había sido toscamente trabajado, y sin embargo desprendía un aura de poder que lo hacía extrañamente hermoso y temible. Era la corona de Kain.
Una vez mas en esa noche, volviste a sonreir.
Recuerdos de Úrsula Daraenon
Se hace saber a todos los habitantes de Elmwood que la próxima noche de Yule, aprovechando la festividad de la cosecha, todos los ciudadanos podrán tomar parte o asistir como espectadores a nuestro queridísimo festival anual de talentos.
Tendrán cabida en este evento todas aquellas personas con alguna capacidad singular, o que así lo crean: malabaristas, actores, cuentacuentos, cantantes, poetas, bailarines, ilusionistas, tragafuegos, …
Todos ellos podrán optar al premio principal consistente en 10 monedas de plata y la ansiada insignia de Gilean, protector de todos los bardos.
La votación será popular y las inscripciones podrán realizarse a lo largo de toda la jornada de Yule en la taberna de Elmwood.
Etmo Greanspeak,
Jefe del Gremio de los bardos.